BATE-PRONTO
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OSAMA OBAMA: ¿COMO CAMINARÁ EL BURRO POR EL PATIO TRASERO?
Luis Benitez
El símbolo y mascota del Partido Demócrata estadounidense es un burro, en tanto que el de sus rivales en la tradición bipartidista de los EE.UU., los republicanos, es un elefante.
Burro o elefante, alguien ocupará la silla más importante de la Casa Blanca muy pronto y las expectativas en torno a la política exterior e interior que desarrollará desde ella, no inquietan en vano a todas las áreas de actividad del planeta. Particularmente, el tsunami de interrogantes que sacude a América latina, a este respecto, se centra en cuál será la manera que tendrá Estados Unidos, tras los comicios, de relacionarse con ella.
La gestión todavía en curso de George Walker Bush, cuadragésimo tercer Presidente de los Estados Unidos, fue por lo menos desastrosa para esa relación, tomando en cuenta que tras archivar toda iniciativa de intercambio, debido a la urgencia de atender cuestiones más urgentes de la agenda de Washington –como la invasión a Irak-, Bush no comprendió que le dejaba así la puerta abierta a la expansión comercial sobre Latinoamérica a sus colegas de la Unión Europea y aun a aquellos países económicamente emergentes que integran la convulsionada región, como Brasil y México.
España, Francia, en menor medida Italia, Alemania y Gran Bretaña, vieron la oportunidad de recuperar terreno gracias al “descuido” del antes celoso estado norteamericano, que fue resignando presencia económica, política y cultural en lo que alguna vez, sin duda lamentablemente, alguien pasó a llamar “el patio trasero de los EE.UU.”. El resultado fue que las inversiones europeas en América latina crecieron sin pausa desde que Bush ocupara la famosa silla por primera vez, en 2000, tras aquel cuestionado triunfo republicano a escala nacional.
Las empresas europeas comenzaron a ganar una tras otra las licitaciones por bienes y servicios propuestas por los sectores públicos y privados de diversas naciones latinoamericanas, desalojando a las compañías norteamericanas de sus antiguos feudos comerciales. Tanto creció este nivel de inversiones del Viejo Mundo, que hasta originó un conflicto entre dos países de la región, Uruguay y la Argentina, cuando los 15.000 millones de dólares de la fábrica finlandesa de pulpa de papel Botnia (millones que Montevideo no podía rechazar, ni económicamente ni por razones de política interior) produjeron una enérgica respuesta argentina ante las posibilidades de contaminación irreversible de una vía fluvial común, el tramo del río Uruguay donde los finlandeses instalaron la factoría pulpera más grande del mundo. El sonado conflicto no fue resuelto por la vía diplomática ni la legal; tampoco –felizmente- por la apelación a las armas, como vociferaban algunos despistados de uno y otro lado del Río de la Plata. Fue resuelto por el tiempo y los nuevos conflictos que se sucedieron. Hoy nadie recuerda qué pasó durante tres años de pulseada por la planta pulpera y los 15 mil millones de inversión siguen allí, amortizándose a sí mismos y derivando ganancias a Helsinki sin mayores problemas.
Pese al recordado vaticinio de Francis Fukuyama, la historia no se detuvo en el siglo XX. Posteriormente, el horror del 11 de septiembre de 2001 y la consiguiente réplica de la Casa Blanca, invadiendo Afganistán y luego Irak con la excusa –nunca comprobada, hasta el momento- de que el luego ahorcado autócrata Sadam Hussein fabricaba armas biológicas de destrucción masiva, volvieron a convulsionar al mundo entero.
Como saldo a cifra actual, medio millón de iraquíes -la abrumadora mayoría de ellos, civiles- perdieron la vida, a lo que se suma un volumen no bien detallado de bajas norteamericanas. El negocio del petróleo de Cercano Oriente y las ganancias que devendrían de la costosa reconstrucción del país, arrasado por una coalición inicial de EE.UU. y sus aliados europeos, se esfumó junto con la credibilidad del acto bélico. Así se llegó al punto de que, hoy por hoy, cuando sólo el ejército norteamericano y sus últimos aliados, los efectivos ingleses, continúan la ocupación, nadie sabe a ciencia cierta cómo se las ingeniará la Casa Blanca –sea quien sea aquel que se convierta en “el hombre de la silla”- para sacar a 200 mil hombres, armamento y equipos de allí, tras gastar la friolera de casi un billón de dólares en la aventura bélica más desgraciada de toda su historia.
Correspondientemente, las acciones referidas fueron acompañadas de un crecimiento antes impensable del “sentimiento antinorteamericano” en todo el mundo, algo que será muy difícil de revertir, por más esmeros que se apliquen en el futuro, habida cuenta de que a lo señalado se suman las denuncias en los foros internacionales de flagrantes violaciones de los derechos humanos por parte de las tropas de ocupación todavía presentes en Irak y Afganistán, así como las atroces evidencias de las condiciones de reclusión que soportan los prisioneros que EE.UU. guarda bajo siete llaves en su base militar de Guantánamo, Cuba.
Volviendo a un aspecto económico que señalamos antes, el de las inversiones latinoamericanas en América latina, a la cabeza de esta expansión se encuentra Brasil, la décima potencia mundial y líder regional, que ha incrementado señaladamente su presencia como dispensador de bienes y servicios en toda el área. País dotado de un fornido superávit y capaz de astutas inversiones, con una cautelosa pero decidida política exterior que le permite salir airoso de las circunstancias más difíciles –las crisis sucesivas del Mercosur y la belicosidad de su vecino, Venezuela, son sólo dos ejemplos de esta pericia brasileña- tiene una población de casi 200 millones de habitantes (la mayor cifra nacional de América latina) y una decisión clara e instrumentable de su hábil clase dirigente: en el siglo XXI se consolidará absolutamente como el líder político, económico y cultural de la región. La partida de Luiz Inácio da Silva del palacio presidencial no cambiará un ápice la definida política brasileña a este respecto, casi con seguridad.

¿Un “burro” en la Casa Blanca?
Existen buenas probabilidades de que Barack Hussein Obama Jr. se convierta en el cuadragésimo cuarto presidente norteamericano y el primero afroamericano, lo que en EE.UU. no resulta irrelevante. De ser así: ¿cuáles pueden ser entonces, sus políticas con respecto a nuestra América latina? Sin duda, debería optar por un paulatino diálogo que borre de a poco los pasos poco atinados del que será entonces su antecesor. De éste se recuerda que durante su última visita a diversos países latinoamericanos, realizada entre octubre y noviembre de 2005, el solo propósito que lo guiaba era afiliar países al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y que si su iniciativa no fue coronada por un fracaso rotundo con todas las letras, fue porque algunos mandatarios prefirieron sostener una política más que cautelosa con la Casa Blanca; tal los casos resonantes de la chilena Verónica Michelle Bachelet Jeria y el uruguayo Tabaré Ramón Vázquez Rosas, curiosamente ambos socialistas.
Por otra parte, consiga o no dialogar con América latina, Obama deberá enfrentar durante su período presidencial otras delicadezas del menú latinoamericano, como serán, por una parte, la transición de la “Cuba todavía con lo que queda de Fidel” a la “Cuba definitivamente sin Fidel”. Una isla que ofrecerá, sin lugar a dudas, un panorama muy diferente del actual. Tanto si Raúl Castro, el septuagenario hermano menor del líder caribeño, sigue para entonces en el poder; si un poco probable golpe de Estado cívico-militar se decide a derrocarlo por “reformista y contrarrevolucionario” o si (entre las posibilidades que podemos imaginar, figura también esta tercera) Cuba llama a elecciones libres en la plena acepción de la palabra, cuanto suceda en La Habana afectará las relaciones entre Washington y el antiguo “patio trasero” de un modo inmediato. ¿Podrá manejar Obama la situación mejor de lo que lo haría, en iguales circunstancias, su entonces antecesor George Walker Bush? Seguramente sí, pero del mismo modo, no pensamos que el personal destacado en Guantánamo sea trasladado a ninguna otra parte, cualquiera sea, de las tres situaciones imaginadas, la que acontezca. Porque pase lo que pase, Cuba seguirá estando a sólo 400 kilómetros de Florida.
Otro plato fuerte listo para la mesa del dinámico demócrata hawaiano será el inefable presidente venezolano, Hugo Rafael Chávez Frías, en combinación con el barril de petróleo –kuwaití, saudita, venezolano, lo mismo da- a un precio de 200 dólares o algo posiblemente parecido. El condimento caraqueño es picante, máxime cuando Chávez no ahorra verborragia –ni actos concretos- a la hora de atizar el fuego en la relación con Washington ni con los gobiernos como el de su vecino, el colombiano Álvaro Uribe Vélez, a quien ha acusado a viva voz de obedecer a pie juntillas las directivas de la Casa Blanca a cambio de respaldo económico y militar. Particularmente, la situación se puso en ebullición a partir de la todavía tímida liberación de rehenes por parte de las FARC, realizada no por convicción de la necesidad de devolverlos a sus familias sino porque la añeja organización guerrrillera se encuentra en vías de franca disolución y ya no puede sostener viejas políticas basadas en continuos secuestros y atentados, mientras la aviación colombiana, el ejército regular y los grupos paramilitares locales siguen su implacable acoso.

En tan delicada situación, Chávez, que venía de un sentido traspié al rechazar un plebiscito -impulsado por él mismo- sus propósitos de continuar indefinidamente en el poder, no dudó en ofrecerse a la opinión pública mundial y todas las cámaras de televisión como el mediador que podía obtener de las FARC una liberación rápida y segura de los rehenes. La operación de prensa salió como salió, pero degeneró casi en un conflicto armado entre los nombrados países, con el agregado de un aliado declarado de Caracas, el ecuatoriano Rafael Vicente Correa Delgado. Aunque las decisiones de Guayaquil no tienen un peso determinante en las políticas latinoamericanas, sí su alineamiento junto a Chávez en esa ocasión lo tuvo –en opinión de muchos- dado que proporciona un peligroso antecedente para conflictos que puedan suscitarse en el futuro. No dudamos de que, al menos en este aspecto, a Chávez no le temblará el pulso ni le faltarán micrófonos para proclamar, bajo la causa sempiternamente “bolivariana”, la obligatoriedad de que otras naciones de la misma región se sumen a sus necesidades de protagonismo.
Estamos haciendo política-ficción, afortunadamente, pero cabe el interrogante de si Obama logrará aquietar los ánimos belicosos de Caracas, por una parte, y si en base a nuevas políticas dirigidas hacia América latina, podrá desactivar las chances del líder venezolano de erigirse –tras la desaparición de Fidel Castro- en “nueva figura histórica”, por el medio que fuere.
A las tribulaciones posibles que puedan estar esperándole al probable primer presidente afroamericano de los EE.UU. se podrían estar sumando las ambiciones separatistas de la clase dirigente santacruceña, que quiere salirse a toda costa del seno de Bolivia. La rica provincia de Santa Cruz de la Sierra –un país dentro de otro país- seguirá ocasionándole dolores de cabeza al presidente boliviano, Juan Evo Morales Ayma, pero la migraña, en caso de producirse la secesión, se extendería a todo el cuerpo del continente. A nadie, hoy por hoy, le conviene una alteración política, cultural y económica de esa magnitud y tampoco a Washington, en definitiva. Obama, como Evo Morales, necesita una región sin terremotos para sentar las bases de una nueva relación con la realidad, cuestión en la que no le va nada bien a La Paz. Bolivia se encuentra al borde mismo de ser declarado país en emergencia alimentaria –el rango de Haití- mientras que pese a las reformas intentadas (y no logradas) por Morales, el 90% de los habitantes del primer país exportador de gas siguen sin disponer de este combustible en sus hogares.
Brasil es uno de los principales clientes de Evo Morales, pues sus modernas fábricas funcionan a gas y seguirán necesitándolo, mientras se expanden todavía más sus mercados regionales y consecuentemente, se acrecientan sus exigencias de una mayor producción.
Ante este panorama general, si no alarmante en lo inmediato, sí inquietante en todo momento, es de esperar que Barack Hussein Obama Jr., si el pueblo norteamericano así lo quiere, en el momento de jurar por 4 años de gobierno y sonreír ante las cámaras de la televisión mundial, tenga diseñado un excelente plan de nuevas relaciones a establecer con la muy compleja América latina, que lejos de ser un patio trasero, exhibe hoy un peso en el devenir mundial muy distinto a aquel con el cual le dio su adiós al siglo pasado.
Es que un nuevo factor volvió a sacar a América latina –reconocida productora de alimentos- de ese aparente olvido: el hambre mundial. Setenta y nueve países ya acusan los efectos de la falta de alimentos y hay casos extremos, como el de ciertas naciones del Lejano Oriente, donde fue preciso instaurar la ley marcial y proteger el escaso stock alimentario con las bayonetas caladas en los fusiles.
En este panorama, la Argentina, que sólo tiene 40 millones de habitantes y produce para alimentar a más de 300 millones, no parece capaz de consensuar el modelo de país que propone el gobierno de Cristina Fernández de Kischner, ante el requerido por los productores de esos mismos alimentos. La cuestión no es desdeñable a escala macroeconómica: la ausencia de la oferta argentina de soja en el contexto de necesidad de la demanda global, elevó todavía más el precio –ya exorbitante- de la tonelada del preciado bien de exportación. La Argentina, en el tablero de ajedrez latinoamericano que se le presentará a Obama si es que gana la Casa Blanca, tampoco es una pieza menor. No es una potencia emergente como Brasil, pero indiscutiblemente es el segundo país de la región y un fuerte exportador de alimentos en momentos en que el mundo más los necesita. Las relaciones de Washington con la Casa Rosada no fueron –en los últimos 5 años- excesivamente amorosas; los coqueteos de Buenos Aires con Caracas indiscutiblemente afectaron esa relación. ¿Podrá Obama manejar convenientemente la, por momentos y para algunas opiniones, aparentemente errática política exterior argentina?
Es claro que el tablero de ajedrez que le ofrece esta región del mundo al futuro presidente de los norteamericanos es un terreno que exigirá jugadas precisas y meditadas, no fruto de improvisaciones y de impulsos, ni mucho menos resultado de una ignorancia parcial o total de las nuevas reglas del juego. Sus cuadrantes son poco propicios para el gatopardismo, y poco o nada lograrían tampoco las palabras paternalistas o huecamente fraternales. La necesidad concreta impondrá actos de negociación tendientes al genuino beneficio de ambas partes, dado que lo que definirá todo será aquello que lo decide siempre: el interés común, que une o aleja, tanto a los individuos como a las naciones, desde los comienzos mismos de la historia.

Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Poeta, ensayista, narrador y dramaturgo, es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, EE.UU., con sede en la Columbia University; de la International Society of Writers (EE.UU.), de World Poets Society (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (India).Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poetes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de Argentina. Ha recibido numerosos reconocimientos internacionales y locales por su obra poética y narrativa. Sus 15 libros de poesía, ensayo, novela y teatro se publicaron en Argentina, Chile, EE.UU., España, México, Uruguay y Venezuela.
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